Mascarillas, guantes y controles de temperatura: así vota Singapur en plena pandemia | Internacional



Mascarillas, guantes desechables y controles de temperatura, con turnos de un margen de de dos horas determinados de antemano para que cada votante acuda a su colegio electoral. Esas han sido parte de las medidas para proteger la salud de los 2,65 millones de ciudadanos llamados este viernes a las urnas en Singapur, el país más afectado por el coronavirus del sureste asiático, con más de 45.000 casos y aún contagios diarios de tres dígitos. “Estas elecciones han sido un desastre, empezando por el hecho de que se celebren en plena pandemia”, critica Weilee.

La joven, que ronda la treintena y vota este año por primera vez, tiene claro su favorito: el Partido de los Trabajadores, el único de la oposición actualmente con representación (seis escaños) en un Parlamento ampliamente dominado por el Partido de Acción Popular (PAP), que ocupa 83 y ha llevado el timón de esta próspera isla desde su independencia en 1965. Pero Weilee cree que es el momento del cambio. “Lo que más me preocupa son las crecientes desigualdades, el racismo del que el partido gobernante hace caso omiso deliberadamente, y su obsesión por priorizar el dinero sobre la gente”, remacha.

Uno de los máximos ejemplos de la desigualdad es, dice, la situación de los centenares de miles de trabajadores inmigrantes, normalmente procedentes del sur de Asia, que trabajan como obreros de la construcción en la isla. Este colectivo, que reside en dormitorios en condiciones de hacinamiento, ha sido el más afectado por la pandemia. Representa el 90% de los contagios, entre 100 y 200 casos diarios todavía. “El desempleo y el coronavirus, en especial la situación de los trabajadores migrantes, son mis principales preocupaciones”, asegura un joven que ha acudido junto a su tía a votar en un colegio del este de la isla.

La pandemia y la crisis económica generada parcialmente en consecuencia, con la previsión de que el país entre este año en su primera recesión desde la crisis financiera de 1998, son un arma de doble filo para Gobierno y oposición. Los últimos culpan al partido gobernante de desatender los barracones y empujar por ello al país a un semicierre de dos meses y unas nefastas consecuencias económicas que no han hecho más que empezar. Para la oposición, ese sería el motivo por el que se ha precipitado la convocatoria de los comicios, que podían celebrarse como máximo en abril de 2021, cuando el PAP podría ser más castigado si la devastación económica se agudiza.

Por su lado, las autoridades singapurenses se presentan como las únicas capaces de proteger a la ciudadanía de la crisis económica y sanitaria. “Esta elección es muy seria, se trata de nuestros trabajos, nuestra vida y nuestro futuro”, aseguró el último día de campaña el viceprimer ministro, Heng Swee Keat. El supuesto sucesor del actual primer ministro, Lee Hsien Loong, subrayó la “seriedad de la crisis de la covid-19. Tenemos que superar esta crisis y emerger todavía más fuertes de ella”, añadió.

A falta de encuestas, la mayoría de los observadores políticos estiman que el PAP volverá a obtener la mayoría de los 93 escaños disputados por 192 candidatos y un récord de 11 partidos. Pero estas elecciones se consideran también una prueba de la confianza de los singapurenses en la nueva generación del PAP. En principio, Heng Kwee Seat, de 59 años, sustituiría en algún momento de la próxima legislatura a Lee Hsien Loong. Aunque el hijo del considerado padre de la patria, Lee Kuan Yew, quien convirtió lo que era una isla de pescadores en un centro de negocios regional, había advertido sobre su retirada, ha asegurado recientemente que se quedará hasta que su país se recupere de la crisis.

“No son como mi ‘padrino’ Lee Kuan Yew”, considera Harry (nombre ficticio), conductor de taxi de 54 años. El hombre asegura que, mientras el exdirigente “sabía lo que hacía, ahora ya no es así. El coste de vida se ha elevado mucho”, añade. Por primera vez, su voto no será para el PAP, sino para el nuevo Partido por el Progreso de Singapur (PSP), liderado por un exmiembro de la formación gobernante, Tan Cheng Bock, y respaldado por el hermano y némesis del primer ministro, Lee Hsien Yang. “Al menos siento que ellos alzan la voz por nosotros”, enfatiza.

La crisis del coronavirus ha dejado al descubierto los contrastes de uno de los países con el PIB per cápita más alto del planeta (cerca de los 65.000 dólares anuales, más de 59.000 euros), donde los obreros inmigrantes cobran alrededor de 600 dólares al mes, unos 550 euros. Los asuntos raciales, un tema muy delicado en una nación multiétnica, con población china (76,2%), malaya (15%) e india (7,45%), también han estado en boga, sobre todo a raíz de una polémica que ha salpicado a una candidata del Partido de los Trabajadores, Raessah Khan.

El PAP solicitó a la policía que investigara unos comentarios publicados por Khan en Facebook hace años, en los que supuestamente sugería que “la ley trata de forma diferente a los chinos ricos y a los blancos”. “La mayoría de la gente puede hacer comentarios discriminatorios, pero si hablan las minorías, entonces enseguida se les amenaza con la ley”, arguye Liz (nombre ficticio).

El racismo y la inmigración cualificada, con la mayoría de partidos opositores abogando por restringir la contratación de extranjeros (actualmente unos 400.000) a favor de los singapurenses, han sido parte del debate de unas elecciones donde los votantes de la oposición parecen mostrarse más vocales que los del PAP. En las inmediaciones del centro electoral de Ang Mo Kio, la circunscripción de Lee Hsien Loong, predomina el rechazo a compartir consideraciones. Una mayoría silenciosa de la que es consciente Weilee. “Quizás porque estoy rodeada de gente joven que también va a votar a la oposición, puedo creer que todo es así. Pero sé que una gran parte de la población teme no votar al PAP”, elucubra.