Bajamar de clientes en la meca de los chiringuitos | Economía



Con bañador y mascarilla, Miguel Freire se detiene a la entrada de un chiringuito, aún empapado por el primer baño de mar de las vacaciones. Lee el cartel de las medidas anticovid adoptadas por el chiringuito Palapa Beach de El Puerto de Santa María, la ciudad gaditana en la que el emeritense y su familia veranean cada año. “No íbamos a venir, por miedo y respeto. Al final, hemos bajado tres días, la mitad de lo habitual”, explica el turista, antes de seguir sin entrar en el establecimiento. No es el único que pasa de largo. Los 35 grados del mediodía caen a plomo y, aunque el chiringuito parece sacado de una foto de Instagram, está prácticamente vacío.

En plena canícula de la era covid, la postal del chiringuito de El Puerto se repite a lo largo y ancho de las costas de Cádiz y Málaga, mecas del peregrinar chiringuitero andaluz. “La palabra que define esta temporada es incertidumbre. Nos adaptamos a cómo va evolucionando la pandemia. No queda otra”, tercia sin rodeos Iván Periano, presidente de la Asociación de Empresarios de la Costa de Cádiz (AECCA), que aglutina a unos 150 establecimientos. El panorama no es mucho más alentador en los 400 chiringuitos que se estima que hay en Málaga, del total de 800 de Andalucía. “De lunes a jueves sigue todo muy tranquilo, pero los fines de semana los chiringuitos se llenan y eso es buena señal”, valora Manuel Villafaina, presidente de la Asociación de Empresarios de Playa de la Costa del Sol, que tras el anuncio del Gobierno británico de imponer una cuarentena obligatoria a los viajeros procedentes de España ha perdido el relativo optimismo que aún le quedaba para agosto.

Que en primera línea de playa se tengan que conformar con caídas de facturación cercanas al 40% —tal y como calcula la entidad malagueña—, tras una temporada de primavera ausente y un julio a medio gas suena a mal menor. Pero el panorama parece aún más preocupante para dos provincias que tienen en el turismo uno de sus mejores activos económicos. De los 32.476.854 turistas que Andalucía recibió en 2019, el 31,6% descansó en Málaga y el 15,5%, en Cádiz, según datos del Instituto de Estadística y Cartografía de Andalucía. Con ese volumen de visitantes, en la provincia gaditana siempre se ha dado por aceptada la cifra oficiosa de que entre un 12% y un 13% del PIB de la zona lo genera el turismo, un porcentaje similar a la media de lo que supone en el conjunto de la economía española.

Con el turismo internacional lastrado y el español temeroso a desplazarse por el virus, en la Costa del Sol saben que este 2020 no llegarán a las cifras del año anterior. De los casi 350 establecimientos hoteleros malagueños —que suman 88.423 plazas— a finales de junio habían abierto menos de la mitad y su ocupación media durante ese mes, uno de los habitualmente mejores del año, ha rondado el 30%, según los datos que manejan en la Asociación de Empresarios Hoteleros de la Costa del Sol, a quienes la pérdida del turismo británico ha supuesto un duro golpe. Su presidente, Luis Callejón, teme que sea “un efecto dominó” y países como Alemania, Francia o Bélgica también impongan la cuarentena. En junio, Cádiz llegó a los 64.879 viajeros y superó a Málaga, aunque los datos están lejos de ser buenos, apenas son el 25% de los usuarios del mismo periodo del año pasado.

Ese panorama a medio gas se traduce en tantas mesas vacías en Los Troncos, el chiringuito que Juan Serrano regenta en la paradisiaca playa de Bolonia (Tarifa), como para que el empresario haya desistido de abrir por las noches. “Es una temporada nefasta en comparación con otros años”, tercia Serrano preocupado. En los más de diez chiringuitos y restaurantes del arenal tarifeño han tomado medidas de reducción de aforo o eliminación de la zona de barra. Y esas medidas —replicadas a lo largo de toda la costa— sumadas a caídas de clientes de hasta el 80% en algunos establecimientos de Málaga han llevado a menos contrataciones de personal.

“Nosotros siempre tenemos en plantilla un camarero bilingüe para atender a los visitantes de fuera, pero este año no ha hecho falta”, añade Jesús Jiménez, del chiringuito El Zagal, en la ciudad de Málaga, una ciudad especialmente golpeada por la caída del visitante extranjero cuando otros años llegan a representar el 70% de los clientes. En Bolonia, Serrano ha pasado de los 16 trabajadores de otros años a los 11 de este verano. Periano, en su establecimiento Tirabuzón de Cádiz capital, de los 24 empleados a los 16. En total, desde la asociación gaditana calculan que los 1.800 empleos que generan cada verano se han visto reducidos en un 35%. En Málaga, cualquier verano estos establecimientos generan unos 18.000 puestos de trabajo; este, apenas 14.000. Incluso un 12% de los establecimientos de Cádiz ni siquiera han llegado aún a abrir. Ni siquiera el anuncio del Gobierno de bonificar el canon de Costas de los tres meses del estado de alarma les ayuda a remontar.

Los datos preocupantes son solo una parte de una foto fija mucho menos agradable que la pandemia deja en el sector turístico de la zona. El sector turístico emplea en Málaga cada verano a unas 100.000 personas, un tercio de los que emplea en toda Andalucía, aunque este año rondará los 80.000, según los sindicatos y los datos de afiliados de la Seguridad Social. En la costa gaditana se han registrado 10.460 contratos en el sector en el segundo trimestre, lo que supone un descenso del 81,9% con respecto al mismo periodo del año anterior, según datos del Observatorio Argos de la Junta de Andalucía.

En Palapa Beach, ese chiringuito de postal de El Puerto, el reloj avanza hacia la hora del almuerzo de un jueves en plena ola de calor, pero las mesas siguen prácticamente vacías. Luis Olivenza, su mujer Gema Sánchez y la hija de ambos de 15 años son de los pocos sentados en el establecimiento. Acaban de llegar de Badajoz y están asombrados de la escasa clientela que les rodea. “Habitualmente nos vamos diez días a Valencia, este año solo tres y más cerquita por lo que pueda pasar. Queremos playa y descansar, por si acaso llega otro confinamiento”, remacha Olivenza. De esa probabilidad ni quieren oír hablar en la Costa del Sol, donde ya solo les queda agarrarse a ese incierto otoño que viene para salvar el turismo internacional perdido.”Ojalá todo vaya bien y les podamos atender a partir de septiembre”, dice con esperanza Miguel León mientras prepara, esta vez, una lubina espetada ante los ojos de los pocos bañistas que han acudido a La Carihuela.